La presentación de Nirvana en MTV Unplugged, registrada el 18 de noviembre de 1993 en Nueva York, es una obra maestra del formato acústico: lejos del estruendo grunge habitual, la banda ofreció una interpretación íntima, nerviosa pero profundamente emotiva.
Con una escenografía que evocaba un funeral —lirios blancos, velas negras— y un repertorio que incluía versiones de David Bowie y Lead Belly, crearon un ambiente de vulnerabilidad y autenticidad pura.
Aunado a la tensión personal de Kurt Cobain, el concierto se convirtió en un testamento emocional que trasciende su época.


